Los colores en la ofrenda del Día de Muertos

En los organismos biológicos predominan los colorantes amarillos, le siguen los ocres, después los azules y los rojos, violetas y negros. El uso del color y los colorantes en las culturas prehispánicas de Mesoamérica, Aridoamérica y Oasisamérica presentó una gran importancia. Los comerciantes trasladaban pigmentos, plumas, textiles, conchas, pieles y una gran diversidad de objetos, los cuales servían para ornamentar la vida cotidiana de los pobladores.

Los antiguos mexicanos conocían las propiedades de las plantas y las emplearon con fines curativos, tintóreos y religiosos; en el Códice de la Cruz­Badiano se describen cerca de 250 especies vegetales, más de 30 animales y diversos recursos minerales para tratamientos farmacológicos. En el terreno de la tintorería, se teñían fibras de algodón, henequén, ixtle, izote o yuca. Así mismo se elaboraban murales, códices, arte en el cuerpo humano o pieles animales, plumas e indumentaria.

En la cosmovisión prehispánica, el color, el tiempo y los puntos cardinales se relacionaban estrechamente, de esta forma los ritos transcurrían en escenarios y vestuarios con una amplia diversidad cromática. En la antigüedad el color rojo estaba asociado con los conceptos de resurrección, fertilidad y luz. El azul con el lugar mítico de Tlalocan, el Sol naciente o la estrella de la mañana, también se le asociaba con Centeótl, diosa del maíz tierno. El negro o azul marino del maíz, pertenecían al norte, al mundo de los muertos, el Mictlan, el negro se asociaba a la oscuridad, la muerte y la guerra. El blanco con el legendario Temoachán, el Sol poniente, las estrellas de la noche y las divinidades terrestres, el nacimiento y la vejez, el maíz maduro, representaba también lo femenino. El azul claro a los Cuatrocientos Guerreros del Sur y el amarillo, en el centro de los cuatro puntos cardinales, representaba el concepto de abajo y arriba.

Bajo la sociedad de consumo, el color ha perdido todo su simbolismo y tiene una finalidad totalmente mercantil, actualmente el color es EGO, es alardeo de una supuesta posición social donde las marcas comerciales representan el valor de los seres que las portan. Representan estatus, de esta forma el rojo y blanco, o el rojo, azul y blanco representan las bebidas gaseosas hegemónicas. Muchos consideran que las banderas nacionales, con sus colores, representan a la población de un territorio, cuando en realidad son símbolos de división, de enfrentamiento.

Cada año, el “tradicional” Día de muertos se erosiona culturalmente y se convierte en un concurso, sometido a los designios de lo culturalmente correcto. La esencia del Día de muertos es la ofrenda, es el ofrecer, el dar a quien, simbólicamente, desde el otro mundo nos visita. El color amarillo del cempasúchil, representa el centro del universo y marca el camino de las ánimas para llegar a este mundo y regresar al propio; el azul marino y el negro simbolizan el mundo de los muertos o Mictlán y el blanco, al legendario Temoachán, el Sol poniente. Nada tiene que ver el rosa mexicano, el verde perico, o las marcas comerciales de alcoholes, cigarros, con el altar del Día de Muertos.

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Efectivamente, sí, la tradición es la acción de re­leer las pautas culturales y de esta forma asumir y agregar lo apropiado para actualizar y fortalecer los valores de respeto, de ofrecer y compartir, de recordar los sucesos para comprender el presente y construir un futuro común, entonces el Día de muertos más que un concurso o fiesta, debería ser un momento de reflexión, de análisis de los sucesos ocurridos hasta ese momento.

Hoy México es un país desgarrado y ensangrentado, donde el Día de muertos ocurre todos los días: periodistas, luchadores sociales, mujeres, niños o jóvenes son sacrificados ante la esfinge del lucro, de la mercantilización del cuerpo y del alma. El rescate reflexivo y la actualización de las tradiciones es una tarea que debemos desarrollar todos los ciudadanos, es una obligación y un derecho de todos.

El altar del Día de muertos y sus ofrendas son un libro para aprender de nuestros antepasados, de las fuentes y procesos para obtener colorantes y tintes, de los mecanismos para conservar los sistemas biológicos y disponer de los alimentos, de las formas diversas de preparar los alimentos y sobre todo para desarrollar la capacidad de dar, de ofrendar, de ofrecer a los viajeros luz, alimento, bebida y descanso.

Si el lector desea conocer más acerca de los colorantes y tintes naturales desde una perspectiva informada y práctica, puede dirigirse al Proyecto El Ahuehuete, herbolaria, en Tequisquiapan, Querétaro donde podrá encontrar orientación para disponer de estos materiales y así usarlos en actividades artísticas y culturales. Correo: elahuehuete.herbolaria@gmail.com o al celular 442­377­51­27.

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