Tonantzin‐Guadalupe: de Diosa a Virgen.

Santa María Tonantzin, Virgen de Guadalupe, es un fenómeno recurrente en la vida de los mexicanos. Primero lo fue como diosa en el altiplano mesoamericano, después como Santa Patrona en los procesos de fundación de la identidad mexicana e ícono rebelde durante los procesos de independencia y revolución. La devoción a esta imagen se encuentra en todos los rincones del territorio nacional. Su efigie se observa elaborada en los más variados materiales naturales o sintéticos y se encuentra ubicada en multitud de santuarios oficiales o populares, a los cuales llegan, año con año, peregrinos que los visitan en romería.

El panteón Nahua, desde Teotihuacán en el año 200 a. n. e., basaba su religiosidad en el culto solar, donde su dios fundacional era Quetzalcóatl y la madre de los dioses Cihuacóatl, o Tonantzin “nuestra madre”. En la cultura Nahua prehispánica, a pesar de su carácter preponderantemente patriarcal y jerárquico, se reconocía y fomentaba el papel activo de las mujeres, quienes eran sacerdotisas, curanderas, hechiceras, parteras, tejedoras, amanteca o artífices de la pluma, cihuatlanque o solicitadoras de matrimonio y potcheca o comerciantes, además se reconocía su importancia en la trasmisión del linaje.

Las diosas prehispánicas tenían poderes sobrenaturales, eran hechas a imagen y semejanza de las mujeres, seres activos y eficaces. El pensamiento de las sociedades mesoamericanas se regía por el principio de dualidad: masculino­femenino, caliente­ frio, diurno­nocturno, vida­muerte, entre otras polaridades.

Con la conquista y colonización del Nuevo Mundo se procedió a destruir y pretender borrar la memoria histórica de los pueblos americanos. La religión cristiana, como compañera ideológica de los conquistadores, utilizó el concepto de “idólatra” como sinónimo de hereje; es decir para condenar todo aquello que, desde la perspectiva cristiana, era erróneo o equivocado. Adjetivo éste que dio fundamento legal al proceso de destrucción y castigo contra aquellos que manifestaban devoción hacia los dioses del panteón mesoamericano.

La destrucción de los santuarios y persecución de las prácticas religiosas prehispánicas, generó una sensación de orfandad en la población mestiza e indígena, sentimiento que posibilitó la apropiación del mito de Tonantzin­Guadalupe. Las divinidades de la Madre Tierra fueron desplazadas por vírgenes católicas tras la conquista y evangelización.

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La fuerte identificación de las poblaciones locales después de la conquista hacia la Virgen de Guadalupe, se dio, entre los criollos, por su vinculación a la tierra de sus ancestros, donde la devoción a la Virgen de Guadalupe de Extremadura era amplia, y en la población indígena, por la presencia en la simbología guadalupana, de elementos del paisaje ritual y cosmovisión nahua, entre los que destacan: la montaña sagrada como punto de unión entre el cielo, la tierra y el inframundo, la cueva como matriz que puede parir pueblos y es la entrada al inframundo, la fecha de celebración de la fiesta a Tona “Nuestra Madre” era en el mes 17, Títitl, primera semana de diciembre y el embarazo divino de la Diosa Toci que se dio mediante una borla de plumas que encontró y guardo en su seno.

El culto guadalupano se formó como resultado de diversos procesos entre los que destacan: el fuerte lazo indígena con la diosa Tonantzin, el esfuerzo de los misioneros por sustituir el culto idolátrico indígena y atajar los ritos y ceremonias de origen prehispánico, la sensación de orfandad en la población indígena y la presencia recurrente de epidemias, inundaciones y otros eventos catastróficos.

Para los antiguos nahuas, la personalidad estaba descrita por la expresión “vuestro rostro, vuestro corazón”, In ixtli, in yólotl. Esta expresión explicaba a la persona, sus características intrínsecas, su identidad, por lo que en esa cultura, la tarea educativa estaba centrada en dar sabiduría a los rostros y firmeza a los corazones. De forma general, los mexicanos, como escribió Octavio Paz, se identifican con el rostro de la Guadalupe, porque ven en este su propio devenir como pueblo, y la serenidad del rostro, es una esperanza de un tiempo más justo. La Virgen de Guadalupe, se aprecia como una persona divinizada, depositaria de sabiduría, capaz de ayudar y orientar a quien lo solicite, se percibe como consuelo, escudo, amparo, en fin, como madre de huérfanos.

El establecimiento del culto guadalupano comenzó en 1531, año de la aparición; en 1561 se construyó el primer templo a la Virgen en el Tepeyac; en 1556 se implantó oficialmente el culto a la Guadalupana y en 1563 el Concilio de Trento impulsa la veneración de santos y santas.

En el año de 1606 se concluyó la construcción del nuevo templo a la Virgen en el Tepeyac y en 1680 se construyó el Templo de María Santísima de Guadalupe en Querétaro y se dispersó la devoción a la Guadalupana en San Luis Potosí y otros territorios.

En 1737 la Virgen fue nombrada Patrona de la Nación Mexicana y en 1747 Patrona de toda Nueva España. En 1810 el pueblo la asumió como estandarte insurreccional. A partir de 1885 el Obispo Carrillo y Ancona, promovieron el culto a la Guadalupana en Yucatán.

En 1895 se coronó a la Virgen como Reina de México; en 1910 se le designó Celestina Patrona de la América Latina y se reasume como protectora de los revolucionarios; finalmente en 1945 se le nombró Emperatriz de América.

Con la trasmutación de Diosa a Virgen, Tonantzin­Guadalupe perdió en poder lo que gano en popularidad, ya que como Diosa tenía el poder de conceder pero su influencia se restringía a la región Mesoamericana; al ser convertida en Virgen ella intercede ante el hijo de Dios, para que este conceda o no la petición.

El culto a la Virgen de Guadalupe se encuentra presente en todo el continente americano, en Asia, Europa y en todo aquel lugar donde llegan los migrantes latinoamericanos.

Por: Joaquín Antonio Quiroz Carranza

 

Artículo publicado en Tribuna de Querétaro

Semanario de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ)

 

 

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